viernes, 3 de junio de 2011

Viaje a la semilla

"Hambre, sed, calor, dolor, frío. Apenas Marcial redujo su percepción a la de estas
realidades esenciales, renunció a la luz que ya le era accesoria. Ignoraba su nombre. Retirado
el bautismo, con su sal desagradable, no quiso ya el olfato, ni el oído, ni siquiera la vista.
Sus manos rozaban formas placenteras. Era un ser totalmente sensible y táctil. El
universo le entraba por todos los poros. Entonces cerró los ojos que sólo divisaban gigantes
nebulosos y penetró en un cuerpo caliente, húmedo, lleno de tinieblas, que moría. El
cuerpo, al sentirlo arrebozado con su propia sustancia, resbaló hacia la vida."
(Fragmento de "Viaje a la semilla", de Alejo Carpentier)

Este cuento magistral de Alejo Carpentier relata los últimos días de vida de Marcial, un anciano que, al agonizar, hace un viaje interior "marcha atrás" que lo devuelve hasta su nacimiento. Me llega mucho porque es, para mí, una metáfora del viaje que nos toca emprender a quienes buscamos nuestros orígenes. En realidad, aunque no los busquemos, siempre estamos volviendo al punto de partida, como en los juegos de mesa...un paso adelante, dos, tres, y..."¿En la familia hay algún antecedente de...?"...y retrocedemos al primer casillero de un plumazo. El eterno retorno al nacimiento, a antes del nacimiento, a las circunstancias que rodearon nuestra concepción y gestación, a ese cuerpo que nos albergó y del que nada sabemos, pero cuyo recuerdo está grabado en algún lado, dentro nuestro. Y este párrafo en particular del cuento es especialmente fuerte, ese momento en el que nos separamos, cuanto todo era apenas hambre, sed, calor, dolor, frío. Ese momento en que ignorábamos nuestro nombre...y seguimos ignorándolo...

miércoles, 25 de mayo de 2011

Mi canción de amor

En esta escena de la película "My own love song" (Mi canción de amor), la protagonista se reencuentra con su hijo biológico, al que dio en adopción cuando él tenía 3 años después de un accidente que la dejó en coma. La película es muy linda, pero esta escena es especialmente conmovedora. Ese reconocimiento mutuo en la mirada, esa sonrisa de él que tiene la ternura del abrazo que no se animan a darse. Para los que buscamos, tiene un sentido muy especial. Se las recomiendo.

jueves, 19 de mayo de 2011

Mi aviso

Hoy salió mi aviso en la "Nueva Radio Suárez", de Coronel Suárez, gracias a Susana. Me dio vértigo verme....


18/05/2011
Busco mis orígenes.
Escribime a: bahiaoctubre69@yahoo.com
www.caminoalreencuentro.blogspot.com
 
Nací en Bahía Blanca, el 14 de octubre de 1969, en el Sanatorio Central (Moreno al 100). El parto lo asistió Aurelia Diez de Baldi. Me entregaste en adopción a través de NEF (Niños en Familia).
Posiblemente hablaste con Marta Bermúdez, y es posible que hayas vivido en su casa de Irigoyen 211 hasta el momento del parto.
Te espero.
Carola (María de Bahía)

sábado, 14 de mayo de 2011

Una buena noticia

El viaje me hizo bien. Volví con más paz y menos ansiedad. Ahora estoy en un compás de espera, con la sensación de que, por el momento, ya hice bastante. No todo lo posible, pero sí bastante, Y que por ahora, estoy bien así, con ganas de hacer otras cosas y dejar que esto tome su curso. Y en estos días recibí un mail de Susana, una persona que leyó el blog y sintió que quería ayudarme con lo que estuviera a su alcance. Y así lo hará. Va a difundir mi historia por los alrededores de Coronel Suárez, de donde podría llegar a ser mi madre biológica. Tiene un contacto que le permitiría que mi historia se lea en una radio local. Y puso el cartelito con mis fotos en una cartelera en el hospital donde trabaja. Gracias, Susana, gracias de todo corazón. Creo que estoy empezando a entender lo que me dice Elisa. Dejar que Dios marque el rumbo, por intermedio de esas personas lindas que se nos van cruzando en el camino y nos aportan su granito de arena. Gracias de nuevo. Cruzo los dedos.

lunes, 18 de abril de 2011

Ya no estoy sola

Sí, mis miedos era infundados. Hablé con mi mamá. Me escuchó. Me entendió. Y, fiel a su estilo, puso en marcha sus ideas para ayudarme a buscar. No se imaginan el alivio que siento, ahora que sé que ella me acompaña en este viaje.

Me contó mi historia, desde su perspectiva. Y fue lindo ver la expresión de su cara al recordar. Me habló de sus dudas, de sus miedos, de su entusiasmo. No pudo aportarme casi datos nuevos, salvo la descripción física de mi madre, que le dio la asistente social que, me confirmó, era la señora Bermúdez: mi madre era morocha, de piernas largas, brazos largos, dedos muy largos y finos...¡chocolate por la noticia! ¡Así soy yo! Pero bueno, claro, de recién nacida, no podia preverse que yo me pareciera a ella. Ahora sé que sí, y me alienta pensar que entonces quizás me reconozca por fotos. Me cuenta mi mamá que incluso la invitaron a conocerla, pero ella no quiso, preferia no saber nada por miedo a involucrarse demasiado en la historia, por miedo a después no poder llevarme con ella.


Hablamos también de por qué no lo habían hecho legalmente. Me conmovió que me dijera que ahora se da cuenta de los problemas que esto me trae. Me conmovió mucho y me acercó a ella mucho más. Hablar con ella me permitió ponerme más en su piel, en ese momento y lugar. Ahora la comprendo más.

En fin, siento mucha paz. Hasta pensamos algún día volver las dos a mi ciudad natal a recorrer juntas esas calles una vez más. ¿Querrá Dios que podamos hacerlo y, en ese mismo viaje, reencontrarnos las tres?

sábado, 9 de abril de 2011

Con un pie en el avión

En pocas horas, estaré en la que fue mi casa hasta hace unos nueve años, en Buenos Aires. Nunca me es fácil volver de visita. Los recuerdos me asaltan desde cada rincón. Esta vez, además, un nuevo desafío: sentarme a charlar con mi mamá y contarle que estoy buscando mis orígenes. Tengo miedo. Intuyo que es un miedo infundado, sin sentido, ¿pero de qué sirve la razón cuando se siente miedo? ¿Miedo de qué? Si fue ella la que, sin que yo le preguntara, me dio el único dato que me permitió avanzar un poco en la búsqueda. A la vez, también estoy ávida de que recuerde algo más.

Y en estas horas en las que debería estar haciendo la valija, estoy preparando un resumen de mi historia en una carilla, con fotos, para mandárselo por correo a Elisa, la asistente social que fue testigo a distancia de mi nacimiento y entrega, para que la exponga en la cartelera del hospital donde trabaja. Y eso también asusta. No ya una búsqueda virtual. Un papel impreso. Mi foto en un papel clavado en una cartelera de un hospital. La posibilidad de que ella lo lea y me mire y se reconozca y me escriba. O no.

Y entre tanto, Elisa me aporta más datos, con cuentagotas, pero cada gota abre una puerta. Me recomienda que ponga el nombre de su tía, la asistente social que supone participó directamente, Martha Bermúdez, ya fallecida. Y su dirección, Yrigoyen 112, Bahía Blanca. Es posible que mi madre haya vivido en esa casa los últimos meses de su embarazo. También me recomienda que haga dos copias. Una para enviársela a una colega de Coronel Suárez, para que la ponga en el hospital de ahí, porque algo le dice, una intuición honda, que mi madre era de esa pequeña ciudad, cercana a Bahía.

Empiezo a imaginarla. Yéndose de Suárez cuando todavía "no se le notaba". Después, la casa de la calle Yrigoyen. De ahí, al Sanatorio Central, calle Moreno al 100. Qué ganas de recorrer esas calles, de hacer ese trayecto para poder al menos ponerle imágenes reales a mis fantasías.

Que rece, me aconseja Elisa. A María. Cómo quisiera tener fe. Cómo le explico que me siento una impostora, rezando para pedir favores. Cómo le explico que también me da rabia tener que pedir por favor algo que la inmensa mayoría de la gente sabe desde siempre: quién es esa mujer en la que viví los primeros nueve meses de mi vida. Quién es. Cómo se llama. ¿Me parezco a ella? ¿Vive?

Que Dios me dé la fe que me falta y me ayude a empezar a encontrar respuestas.

martes, 5 de abril de 2011

Reflexiones sobre los testimonios de las madres biológicas

Después de leer en el blog de Patri Holmes los testimonios tan conmovedores de madres que han entregado a sus hijos, siento un nudo en la garganta y muchas ganas de encontrar a la mía para poder decirle que no tiene por qué sufrir tanto. Ya bastante tuvo, que al menos no cargue con una culpa innecesaria. Comparo los casos y veo que hay puntos en común:

* Una sociedad pacata, o por lo menos, conservadora, que despreciaba al que era diferente (hijo de madre soltera, por ejemplo), como si hubiera un único modelo válido de familia.
* Un padre que, por miedo, o por ser también víctima de las presiones sociales, no puede afrontar bien la situación y abandona a la madre de su hijo.
* Unos padres (de la menor embarazada) temorosos de las presiones sociales que piensan en el futuro de esa hija "hacia afuera", en su dimensión social, pero soslayan en todo momento lo que esa madre en ciernes siente "hacia adentro", su dolor psicológico de puertas adentro. Padres presionados que a su vez presionan y no contienen.
* Una madre sola y asediada por las presiones familiares, sociales, por el abandono de su pareja, por su falta de autonomía (para poder criar a un hijo soltera, es imprescindible autoabastecerse, cosa que con una criatura tampoco es fácil), que ama a ese niño y muchas veces renuncia a él por amor, por salvarlo de todo eso.
* Un silencio espantoso, una soledad insoportable, una carga muy pesada y nadie para compartirla.
* La complicidad de la Iglesia Católica que, en lugar de acompañar y contener, trata de "arreglar" y "tapar la evidencia del pecado". Es paradójico que esa misma institución surja de alguien con la mente tan abierta como Jesús, que nunca habría despreciado a una madre soltera ni a un hijo "bastardo". De haber nacido Jesús en otra época, seguro trataban de convencer a María de que lo diera en adopción porque no estaba muy clara la paternidad y el niño iba a sufrir...;).

Bromas aparte, creo que todos los "actores" han actuado con las mejores intenciones, haciendo lo que creían que era lo mejor. Y de hecho, a muchos de nosotros, mal no nos fue. Pudimos disfrutar de tener una familia desde el principio, tanto nosotros como nuestros padres adoptivos. Pero...¿y nuestras madres biológicas? Creo que es muy alto el precio que les tocó pagar para hacerles la vida más fácil a todos los que las rodeaban. Su decisión fue conveniente para todos, pero en el camino quedó su dolor, su soledad y la imposibilidad de compartirlo, pues a todos les convenía olvidar y pretendían que ellas también olvidaran. No se me ocurre algo menos natural que eso.

Por todo esto, siento que en el proceso de adopción, las que más pierden son, sin duda, las madres biológicas. A todas ellas, un abrazo, y ojalá encuentren a sus hijos y, sobre todo, que al encontrarlos a ellos, encuentren también la comprensión y la paz que nunca tuvieron.